jueves, 22 de agosto de 2013

LA MAR LLORA EN GIBRALTAR

 GIBRALTAR
                                                                                                           A mi aire.
                                                                               CARLOS ESCRIBANO MUÑOZ 22/08/2013


Carta abierta al Premier Británico, Mr Cameron.
 Excelentísimo Señor: Vivimos una nueva crisis entre España y el Reino Unido de la Gran Bretaña por causa de Gibraltar, crisis en la que su actitud, como tradicionalmente viene sucediendo en los Gobiernos de Su Graciosa Majestad, es de cercanía respecto de los intereses de Gibraltar y desprecio hacia los intereses de España. La actitud de su Gobierno es, aparentemente, razonable, pero una lectura más minuciosa debiera llevarle a una opinión más ajustada a la realidad.
El Derecho es la herramienta que nos hemos dado los ciudadanos para convivir, y el Derecho, en el caso de la soberanía británica sobre el Peñón de Gibraltar viene configurado por el artículo décimo del Tratado de Utrecht, cuyo texto es el que sigue:
"El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno. Pero, para evitar cualquiera abusos y fraudes en la introducción de las mercaderías, quiere el Rey Católico, y supone que así se ha de entender, que la dicha propiedad se ceda a la Gran Bretaña sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra. Y como la comunicación por mar con la costa de España no puede estar abierta y segura en todos los tiempos, y de aquí puede resultar que los soldados de la guarnición de Gibraltar y los vecinos de aquella ciudad se ven reducidos a grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho más arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra, se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España limítrofe la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos o de las naves surtas en el puerto. Pero si se aprehendieran algunas mercaderías introducidas por Gibraltar, ya para permuta de víveres o ya para otro fin, se adjudicarán al fisco y presentada queja de esta contravención del presente Tratado serán castigados severamente los culpados. Y su Majestad Británica, a instancia del Rey Católico consiente y conviene en que no se permita por motivo alguno que judíos ni moros habiten ni tengan domicilio en la dicha ciudad de Gibraltar, ni se dé entrada ni acogida a las naves de guerra moras en el puerto de aquella Ciudad, con lo que se puede cortar la comunicación de España a Ceuta, o ser infestadas las costas españolas por el corso de los moros. Y como hay tratados de amistad, libertad y frecuencia de comercio entre los ingleses y algunas regiones de la costa de Africa, ha de considerarse siempre que no se puede negar la entrada en el puerto de Gibraltar a los moros y sus naves que sólo vienen a comerciar. Promete también Su Majestad la Reina de Gran Bretaña que a los habitadores de la dicha Ciudad de Gibraltar se les concederá el uso libre de la Religión Católica Romana. Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla".
                                     
Por tanto, y como Usted habrá apercibido, el Gobierno Británico carece de aguas de soberanía, ni de derecho alguno en tierra que afecte a territorio español. Carece, pues, de facultad alguna para extender su territorio por tierra o por mar.
No obstante, y más allá del tema de la soberanía, aunque intrínsecamente unido a él, el problema que vive España con su vecino Gibraltareño es de Orden Público. No se trata ahora de reivindicar un territorio sino de hacer cuenta de lo que representa la vecindad con su colonia: Prácticamente todo el PIB gibraltareño que no procede de las arcas del Estado británico, procede de la expoliación a España. Desde la práctica del contrabando hasta la utilización del puerto para la realización de bunkering ilegal, o refugio a traficantes de drogas, o base de operación de los casinos donde en España se juega por Internet, o las empresas pantalla que reciben los fondos que los contribuyentes desleales. La roca tiene más de una entidad bancaria por cada dos mil habitantes. Si aplicásemos la misma proporción en España, resultarían  23.500. Todo eso sucede dentro de la autonomía gibraltareña, señor Cameron; pero esa “autonomía” está representada en el mundo por la diplomacia británica, defendida por los ejércitos británicos, y dirigida por el Gobernador Británico del Peñón, autoridad máxima gibraltareña y designado por su Gobierno desde Londres. Es decir: nada de lo que está sucediendo en Gibraltar es ajeno a Londres y su Gobierno,
Aún más, podría bastar como ejemplo –y el más sangrante- de la deslealtad del vecino colonial, que en 1815 las autoridades británicas solicitaron poder desplazar a su población hacia el norte, a territorio español, a causa de una epidemia de fiebre amarilla. El Gobierno español lo autorizó y la colonia hizo suyo ese territorio que ya nunca devolvió. Eso, en Derecho español constituye delito de apropiación indebida y es su causa la no devolución de lo recibido en depósito miserable o necesario. Al Gobierno de Su Graciosa Majestad no le pareció delito, sino que fue cómplice de la situación hasta que en 1945, y en el marco de la Segunda Guerra Mundial y el aislamiento internacional de España, aprovechó para ganar tierra en las aguas territoriales españolas y construir el aeropuerto de Gibraltar. Son los hechos, Mr. Cameron.
Hechas estas manifestaciones, tendremos que considerar qué sucede hoy, y lo que sucede es que familias de pescadores ven destruido su futuro para que sus protegidos de Gibraltar sigan construyendo el suyo, boyante como propio de sus actividades ilegales y consentidas por Su Gobierno. La mar que da de comer a las familias es constreñida por los Gobiernos que dan riqueza a los intereses –como mínimo- ilegales, labor en la que parece encontrarse el suyo.
Es cómoda la situación para Su Gobierno, tan cómoda cómo que Gibraltar es independiente para decidir tirar bloques de hormigón, pero no es libre para sostener su propio ejército y su propia política exterior que pertenecen a Su Gobierno como metrópoli. Fácil esconderse cada uno en la decisión del otro. Lo que no es fácil es que familias españolas viajen al hambre mientras Gibraltar viaja a la opulencia con la ayuda del Gobierno británico. Lamentable actitud para su hoja de servicios, desde luego.
La mar llora en Gibraltar. La chulería del rico contrabandista recibe el apoyo de todos los poderes mientras el hambre de los pescadores asoma como inevitable. Días atrás, patrulleras de su bandera abordaban a los pesqueros españoles que –simplemente- protestaban. Estos días, fragatas de su Armada visitan el Peñón con su estampa de imperio colonial antiguo. La mar, Señor Cameron, no está para eso. Los ciudadanos tampoco lo estamos.

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