jueves, 26 de septiembre de 2013

Muezzinoglu



Parábola del turco abandonado

    Ocurrió en un país no muy lejano, que un grupo de hombres de una nación extranjera se vieron asaltados, golpeados por los ladrones de circunstancias. Abandonados en un lugar aislado, desnudos, sin dinero ni comida, necesitados de ser rescatados de aquel lugar, alguien escuchó la voz de socorro en el mar y acudió para llevarlos a un lugar seguro

    El guardián de aquel lugar advirtió que eran de un pueblo distinto y de una lengua extraña. Al comprobar que estaban desnudos (sin protección o alguien que los representara) creyó que podían contaminar con sus miserias a las gentes de su país y los aislaron vigilándoles día y noche sin permitirles aliviar las penas de sus desdichas de saberse lejos de su patria y de su hogar, en un lugar en el que ellos no pretendían vivir pues no estaba allí su familia, sus amigos , su cultura, su trabajo .

    Aquellos hombres lloraron con lágrimas secas su soledad y si acaso aliviaban el dolor del maltrato de la incomprensión y la rigidez de la ley, el leve intento de consuelo que les procuraba alguno de tierra adentro. Aunque fueran pocas y pobres los detalles, se consolaban y se animaba su esperanza

    Hubieron voceros que llamaron a la puerta de la justicia y el derecho pero nadie oía la verdad, y el silencio seguía clamando con insistencia

    Sordos y ciegos al dolor de los aislados, los del pueblo, olvidaban que sus hijos podían sufrir lo mismo en otros mares y otros puertos. Y el guardián seguía interpretando la letra de la ley que condenaba al hombre, creyendo que cumplía el deber, sin escuchar al hombre que clamaba la verdad, el derecho y la justicia

    Habían también, entre la gente del lugar, quienes lloraban por dentro, pero que tenían que hacer el mismo juego, y sufrían, claro

    Por fin escucharon sus lamentos los paisanos del extranjero y pagaron su vuelta a casa. Se animaron los rostros con la alegría de volver a estar con los suyos y también con la esperanza prendida, no obstante los pesares, por los gestos de amor, aunque hubieran sido humildes, que los de acá y los de allá habían encendido en la memoria del corazón del turco abandonado, herido por el rigor de las leyes, que no eran las del mar, sino de las de tierra adentro.
 
Juanpedro Mar

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