miércoles, 14 de octubre de 2015

Stella Maris de Barcelona



Tu hogar en alta mar

ELISENDA PONS
Sábado, 10 de octubre del 2015
Contemplada desde la ronda del Litoral y al atardecer, la sede de Stella Maris rezuma cierto aire desabrido, como de consignataria de buques en una dársena lejana, estafeta para el papeleo aduanero o colegio mayor en una capital de provincias. Pero de puertas adentro, el panorama se transforma. En el interior del edificio se respira calidez, la sensación de entrar en el comedor de la casa paterna y, mira por dónde, acabasen de llegar los primos de México después de tanto tiempo.
Sale a recibir la sonrisa de Ricard Rodríguez-Martos, exmarinero, diácono y delegado diocesano del Apostolado del Mar en Barcelona. Se le notan los muchos años a bordo no solo por la barba profética, de lobo de mar que lee a Tolstói, sino también por la complicidad emocional con la que habla de los hombres que pasan por aquí, tripulantes de los navíos que atracan en el puerto. Marinos con mucha soledad a cuestas, si es que la soledad puede graduarse. Debe de ser por eso que el lema de Stella Maris, que abrió en Barcelona en 1927, es Your home away from home (tu casa lejos de tu hogar).
La tarde de la visita, ocho hombres comparten la amplia sala de estar: cuatro tripulantes filipinos, un ucraniano, dos rusos y un marinero jubilado. Están disfrutando de unas horas de relax, cada uno a lo suyo, lejos de la claustrofobia del barco. ¿Se les ondulará el suelo cuando pisan tierra firme? Una señora atiende la barra del bar, con cerveza y copas de vino a un precio muy decente. Libros en las estanterías, una guitarra, un tablero de ajedrez.
Dos de los marineros filipinos, Rennel Collado (23 años) y Kenneth Cornejo (25 años), se entretienen con el billar, pero parecen encantados de interrumpir la partida para charlar un rato, con quien sea, incluso con una tocanarices preguntona.
Venían navegando en el Gaschem Artic, desde Singapur hasta Tarragona, pero un desperfecto en el motor les ha obligado a recalar en el puerto de Barcelona. Una travesía junto con otros 13 tripulantes, a bordo de un tanque químico, uno de esos navíos que se conocen por las siglas en inglés LPS (liquefied petroleum gas). O sea, un barco duro.
Los chavales estarán diez meses sin ver a la familia, de puerto en puerto, trajinando con sustancias cuyo nombre da susto incluso pronunciar. ¿Vale la pena el precio de la ausencia? «Si en Filipinas el salario medio es de 10.000 pesos, en el barco me gano 40.000». Ni idea de a cuánto equivale un peso filipino, pero a Kenneth le salen las cuentas clarísimas. El capitán les ha dicho que deben regresar al barco antes de las diez de la noche.
Como la avería tiene para días, tal vez varios meses, el diácono Rodríguez-Martos se apresta a ponerles en contacto con la comunidad filipina de la ciudad en los próximos días, para que se sientan más arropados durante la estancia. A menudo, arriban barcos con numerosa tripulación tagala que piden misa a bordo, y se les ofrece.
Los 35 voluntarios de Stella Maris recorren las dársenas a diario para dar la bienvenida a los marineros y ofrecerles apoyo. Y no es que vayan con la Biblia en la mano y buscando feligresía, no. Aquí echan una mano a todo el mundo —ortodoxo, judío, musulmán, budista, ateo—, tanto en las zozobras del espíritu, como en las servidumbres cotidianas, ya sea un problema legal con el armador o en los trámites de la pensión.
Conexión vía Skype Con los rusos, no hay manera de pegar la hebra. Vienen embarcados en el portacontenedores Jason, y llevan ratazo hablando en conexión Skype, cada uno con su portátil. «Los marineros están muy acostumbrados a estar solos —explica Rodríguez-Martos—, pero por muy lejos que estén necesitan sentir que siguen formando parte de una familia y de una sociedad». En alta mar, internet es carísimo y lento, con el agravante de que algunos capitanes solo permiten su uso a determinadas horas del día o acaso una vez por semana.
A través de las pantallas de los marinos rusos, se atisban, de soslayo, niños en pijama, una habitación de paredes alfombradas, una esposa rubia con un brillo de resignación en la mirada… ¿Será una conexión con Murmansk? ¿O tal vez con el lejano puerto de Vladivostok? Ninguna crónica merece interrumpir ese momento de extraña intimidad. http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/hogar-alta-mar-4577838

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