miércoles, 17 de febrero de 2016

Esclavos en los mares de Asia



     La vida del esclavo  en barcos pesqueros tahilandeses
    Naciones Unidas define la trata de personas como ʺel transporte de personas [...] utilizando la fuerza u otras formas de coerción, rapto, fraude, decepción, abuso de poder o posición de vulnerabilidad con el  objetivo de explotarlasʺ. Es la historia de Senasuk . Procedente de Isaan, una región pobre en el noreste de  Tailandia, Senasuk aceptó finalmente enrolarse en el barco ʺporque prometieron pagarme muy bienʺ.  El copioso salario prometido resultó ser de 3.000 baths al mes (80 euros), una tercera parte del sueldo  mínimo legal en Tailandia.
     El dinero era además retenido por la empresa hasta  el final de un contrato que se alargaba de forma indefinida. ʺSon engañados. Nunca se les cuenta nada sobre las condiciones del trabajo. Los embaucan prometiéndoles mucho dineroʺ, asegura Patima  Tungpuchayakul, mánager de  Labour Rights Promotion Network Foundation (LPN), una de las principales organizaciones contra el tráfico de personas en Tailandia.
       A su magro salario, Senasuk tenía que descontarle además la tarifa que se llevaba el agente que lo había vendido, unos 25.000 baths (665 euros) y sumarle las  palizas del capitán y las pocas horas de sueño–a menudo no más de cuatro horas al día– tras interminables jornadas de recoger pescado. Hoy, espera en  Mahachai, una ciudad portuaria cercana a Bangkok, aque el Ministerio de Trabajo termine de revisar su caso para poder cobrar el salario que le deben –una parte ya lo ha  recuperado– y volver a casa con su familia, seis años después.
        La historia de Senasuk no es extraordinaria. La mayoría de las víctimas hablan de jornadas interminables de trabajo, palizas constantes y pasaportes confiscados. A diferencia de Senasuk, la  mayor parte de los traficados no son tailandeses, y  proceden de  los países más pobres de Myanmar, Camboya o Laos. Kyi Soe es uno de ellos. Al igual que a Senasuk, a Kyi Soe también lo encandiló un broker, que se presentó en su casa al sur de Myanmar con una promesa de un trabajo de ensueño. Acabó  también en una prisión flotante, trabajando entre 16 y 20 horas al día y sin apenas comida. Pero su infierno fue más corto, duró tan sólo cinco meses. “ Hubo un momento en que ya no tenía fuerzas para trabajar y el patrón decidió deshacerse de mí”, cuenta. Lo dejó en tierra, pero sin pagarle los cinco meses de sueldo que le debía

Relato  extraído del boletín APOSTOLATUS MARIS
Editado en El Confidencial, 14.05.2015
Autor Laura Villadiego, Bangkok 


Tailandia: denuncian esclavitud en barcos de pesca
    De acuerdo a una investigación del periódico "The Guardian", un alto número de hombres trabajan como esclavos en barcos de pesca dedicados a suministrar alimentos para piscifactorías en aguas de Tailandia, y muchos son víctimas de la violencia.
    La investigación, que duró seis meses, revela que muchos hombres fueron comprados y vendidos como animales y retenidos en contra de su voluntad en barcos de pesca, dedicados especialmente a la producción de alimentos para langostinos de piscifactorías.
     Según despacho de EFE, el diario británico señaló que muchos de estos hombres no recibieron pago alguna durante años y su trabajo forma parte de una cadena que tiene como destino final la venta de langostinos a supermercados y comercios de Estados Unidos y países europeos,.
      “The Guardian” explicó que el mayor criador de langostinos del mundo, Charoen Pokphand Foods (CP), con base en Tailandia, compra alimentos para sus piscifactorías a proveedores o barcos de pesca que lleva trabajadores en situación de esclavitud.
    Algunas de estas víctimas que consiguieron escapar relataron las horribles condiciones laborales, como turnos de veinte horas, golpes regulares, torturas e incluso ejecuciones.
     De acuerdo al rotativo, algunos pasaron años en el mar y otros presenciaron el asesinato de compañeros.
     Varios trabajadores proceden de Birmania o Camboya, que pagaron a agentes para que los ayudaran a encontrar trabajo en fábricas de Tailandia, pero fueron vendidos a capitanes de los barcos, agrega el periódico.
     “Pensé que iba a morir. Me dejaron encadenado, nos les importaba lo que me pasaba ni me dieron comida. Nos vendieron como animales, pero no somos animales, somos seres humanos”, relató Vuthy, exmonje de Camboya que fue vendido por un capitán de un barco a otro.



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